domingo, 27 de junio de 2010

Mi nombre es Khan

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Una de las películas con más éxito en los pasados festivales y ceremonias de premios de cine independiente fue Amerrika, film del que ya hablamos en el Rotoscopio, sobre la vida de una mujer palestina que se instala en Estados Unidos en busca de un futuro mejor para ella y su hijo, pero que a raíz del ataque a las Torres Gemelas ve como sus sueños se truncan al ser víctima de la ola racista que invade el país.

Con parecido fondo y forma, adornado con tintes bollywoolianos, se estrenó en nuestras pantalles hace unas semanas Mi nombre es Khan, del director Karan Johar.


Rizvan Khan es un musulmán con el síndrome de Asperger que tras la muerte de su madre viaja a San Francisco para reunirse con su hermano, quien le ofrece trabajo como vendedor de cosméticos de la empresa para la que trabaja. Gracias a este empleo conoce a una peluquera con la que inicia una relación de amor que se consolida en matrimonio. Todo es extremadamente feliz hasta que los atentados del 11-S cambian el curso de la historia, y la comunidad musulmana se ve en el ojo de todos los ataques y rechazos.


La película tiene un buen inicio y mantiene la línea argumental sin grandes tropiezos hasta llegar al punto álgido del film. Es en este punto cuando Johar parece no saber manejar todos los frentes planteados, e incapaz de resolver la trama en un desenlace coherente, va cerrando uno a uno cada cabo suelto, provocando un final pesado e interminable lleno de escenas innecesarias y explicaciones obvias y redundantes, para terminar con una vuelta de tuerca demasiado forzada que rompe con toda la reivindicación contenida en la historia.


Las interpretaciones corren a cargo de Shah Rukh Khan y Kajol Devgan, dos de los actores más famosos de Bollywood, quienes dan rienda suelta a su especialidad en la escena de la celebración de la boda, vestidos con trajes índios llenos de color y brillo, y regalando un baile final que pone el punto festivo al embrollo argumental.


Estamos, pues, ante una película con más pretensiones e intenciones de lo que realmente es, aunque sin desmerecer el trabajo de director e interpretes por el esfuerzo dramático que implica este tipo de historias.

Puntuación El Rotoscopio: 6/10
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