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La distancia que separa el cine de Ventura Pons de mi sensibilidad y comprensión cinematográfica están cada vez más lejos. Y es que este fin de semana, aprovechando que dos cines de la capital catalana ofrecían las dos primeras sesiones de su película gratis, volví a darle una nueva oportunidad, y todo y que tomé asiento con espectativas positivas, al final salí con la misma indiferencia de siempre.
La distancia que separa el cine de Ventura Pons de mi sensibilidad y comprensión cinematográfica están cada vez más lejos. Y es que este fin de semana, aprovechando que dos cines de la capital catalana ofrecían las dos primeras sesiones de su película gratis, volví a darle una nueva oportunidad, y todo y que tomé asiento con espectativas positivas, al final salí con la misma indiferencia de siempre.
Todo y no ser una especial seguidora del cine del realizador barcelonés, hubo un tiempo, quizá cuando empecé a tomar conciencia de mi cinefilia, en el que me gustaban mucho las películas de Ventura Pons. El perquè de tot plegat fue la primera, a la que siguieron Actrius, Carícies, Amic/Amat, o mi favorita de entre todas sus películas Morir (o no). A partir de aquí, o yo divagué o el divagó, y dejé de encontrar interesante cualquiera de las historias que vinieron después.
Hace unos meses estrenó A la deriva, su último trabajo protagonizado por Maria Molins, Roger Coma, Albert Pérez y Fernando Guillén.


La película cuenta la historia de Anna, una chica que vuelve a Barcelona después de pasar unos años en un pueblo de África como voluntaria de una ONG, y se pone a trabajar como guarda de seguridad en un exclusivo centro de salud barcelonés. A los dos días, Anna se separa de su marido y aquí empieza su declive particular. Se pone a vivir en una caravana y empieza a mantener relaciones con uno de los enfermos del centro donde trabaja, mientras sigue obsesionada con sus experiencias africanas.


Ventura Pons hace aquí una nueva immersión en el comportamiento humano, y en el laberinto de las emociones que unen y separan a la protagonista y su amante enfermo, así como con el resto de personajes. Pero como siempre, el sexo es el principal medio que utiliza para mostrarle al espectador las relaciones y los estados anímicos de éstos, un recurso ya común en todas las películas de Pons.
La película, de escasos noventa y cinco minutos (aunque hay a quien se le puede hacer larga), es bastante flojita en general. Las interpretaciones están ajustadas y ninguno de los actores sobresale, el guión es algo pobre y la historia deja algunos vacíos que no se resuelven.
La película, de escasos noventa y cinco minutos (aunque hay a quien se le puede hacer larga), es bastante flojita en general. Las interpretaciones están ajustadas y ninguno de los actores sobresale, el guión es algo pobre y la historia deja algunos vacíos que no se resuelven.

Finalmente, hay que destacar la breve y estúpida presencia de Boris Izaguirre, encarnando a un prestigioso escritor internado en la clínia de salud. No aporta absolutamente nada e incluso chirría con el resto del cásting.
En resum, resulta una película fácilmente olvidable y senzillamente innecesaria.
Puntuación El Rotoscopio: 3/10
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En resum, resulta una película fácilmente olvidable y senzillamente innecesaria.
Puntuación El Rotoscopio: 3/10
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